Tras el cambio de año, las organizaciones retoman su actividad con energía, propósitos y con una larga lista de tareas pendientes. En esa carrera por ponerse al día, existe un factor crítico que con demasiada frecuencia queda relegado a un segundo plano: el estado real de los sistemas y su nivel de seguridad.
Durante un amplio espacio en el que hemos estado de vacaciones y el equipo descansaba, es habitual que la infraestructura tecnológica haya sufrido modificaciones consideradas provisionales para mantener la operativa. El problema no es el cambio en sí, sino algo mucho más silencioso y peligroso: no revisarlo a la vuelta y dejar esas configuraciones activas indefinidamente.
El verdadero riesgo no siempre es externo
Cuando pensamos en ciberseguridad, solemos imaginar ataques externos sofisticados. Sin embargo, muchos incidentes nacen de decisiones cotidianas tomadas en contextos de mínimos recursos y urgencia:
- Cambios realizados para resolver una incidencia urgente, sin dejar constancia.
- Reglas que se relajaron, en principio, solo por unas semanas para facilitar el acceso remoto de quien se quedó de guardia.
- Actualizaciones y auditorías que se detuvieron porque no era el momento adecuado para arriesgar la disponibilidad.
Nada de esto es un error grave de forma aislada. El riesgo real surge cuando las vacaciones terminan y nadie vuelve atrás para cerrar esas puertas.
¿Qué entendemos por configuraciones inseguras?
Una configuración insegura no significa que un sistema esté roto o que deje de funcionar. Es algo más sutil: el sistema funciona, pero con menos seguridad de la necesaria.
Al no generar errores visibles ni alertas inmediatas, estas situaciones se convierten en una bomba de relojería. Algunos ejemplos habituales que quedan olvidados en los sistemas son:
- Procesos activados para tareas puntuales que siguen en funcionamiento sin necesidad.
- Configuraciones por defecto o niveles de protección reducidos para asegurar compatibilidades.
- Herramientas de administración expuestas para facilitar el soporte remoto durante las ausencias.
- Equipos que, al no dar problemas visibles, han quedado fuera del ciclo de actualizaciones durante semanas.
A esto se suman otros aspectos que también deben revisarse tras las vacaciones, como accesos concedidos de forma excepcional o permisos asociados a situaciones temporales.
El impacto: cuando todo funcionaba deja de ser suficiente
La falta de revisión tras las vacaciones debilita la postura de seguridad de forma silenciosa. Esto no solo facilita el camino a posibles atacantes, sino que puede provocar:
- Vulnerabilidades que deriven en incumplimientos de normativas como el RGPD o la ISO 27001 sin que la organización sea consciente.
- Dificultades para investigar incidentes, ya que el estado real del sistema no coincide con lo que está documentado.
- Una falsa sensación de control, al asumir que los sistemas son seguros simplemente porque no ha ocurrido nada visible.
La seguridad no se rompe de un día para otro: se debilita poco a poco.
Incluso las organizaciones bien estructuradas pueden asumir riesgos innecesarios si no auditan lo que se modificó bajo mínimos. Revisar las configuraciones tras el periodo vacacional no es una tarea técnica más, es una práctica básica de higiene y gestión del riesgo.
Nuestro consejo es claro: siempre que desconectes unos días de la oficina, al volver, no te limites a retomar las tareas pendientes. Dedica tiempo a revisar los cambios “provisionales” y asegúrate de que tu infraestructura vuelve a ser tan sólida y segura como antes del descanso.
Y para tener mayor seguridad, utiliza plataformas que unifiquen todas las normativas y controles que ayudarán a tu compañía a tener un control total.